domingo, 4 de agosto de 2013

El último trozo de pastel

Era el último trozo del pastel y ella lo miraba con gula. Una gula que podríamos catalogar de lujuria. Sus padres le habían enseñado desde pequeña que no debía desentonar con el entorno en el que se encontraba: “las apariencias ante todo chiqui”. Eso le había estando inculcando su padre cada día durante años, a veces con palabras, a veces con una mano firme. En aquella época, era normal recibir unos cuantos cachetes, al menos eso era lo que le había inculcado su familia.

Allí se encontraba, rodeada de desconocidos. Era el cuadragésimo cumpleaños de su padre y ella lucia su precioso vestido blanco con volantes rosados, el preferido de su madre. En cierto modo, quería que su madre estuviera aquella noche con ella. A ella no le apetecía mucho estar allí esa noche, pero tenía que acompañar a su padre, al fin y al cabo, había que guardar las apariencias.
Mientras miraba aquel trozo de pastel cavilaba sobre qué pensaría su padre si ella se lo comiera. Ella era parte de la selecta burguesía del país y no debía llamar la atención, “¿qué pensarían los demás?” “¿acaso crees que no se darían cuenta de lo que haces?”, “¿crees que todos los que están aquí no ven lo fofa que estas?”. Tenía tantas voces en su cabeza que la mera idea de hacer lo que le apeteciera, tan solo permanecía en su mente unos segundos.

Por unos instantes dejó de pensar y alargó la mano para coger ese trozo de pastel. Cuando sus dedos se hundieron en la espumosidad del cuerpo del trozo, escuchó un tintineo de unas copas…era su padre. Se giró hacia donde estaba él, Iba a dar su metódico discurso, como siempre:
“A menudo celebramos los cumpleaños con una fiesta. También suelen ser vistos como una ocasión especial en la que se da un discurso y se brinda por el cumpleañero. Pero algunas veces puede resultar difícil encontrar las palabras adecuadas incluso para el cumpleaños de uno mismo y más aun cuando mi amada esposa Mary y mi hija Sally están en Tennessee, buscando un nuevo caballo para ella. Ya se sabe como son las hijas de hoy, no son felices sin un nuevo caballo cada navidad (…)”
De repente, un ruido estridente se introdujo en su cabeza. Era como si miles de grillos estuvieran gritando al mismo tiempo. “Papá, papá!” exclamaba Sally mientras caía al suelo sobre sus rodillas, intentando aguantar ese chirrido constante. Parecía que nadie la hubiera oído, todos seguían ensimismados en el discurso. Sus ojos empezaron a pesarle demasiado y cayó…

Fue entonces cuando recobró el sentido. Estaba nuevamente en pie, pero no conseguía ver nada y esa sensación bloqueó sus músculos y su voz, no podía moverse ni articular palabra alguna. Y de repente se hizo la luz. Quedó cegada por la intensidad de ese destello. Pero lo que parecía un destello se transformó en una pequeña lámpara, una simple lámpara con forma de gato maullando. Era su dormitorio.
Salió por la puerta y empezó a correr hacia las escaleras para buscar a su papá y entonces un deja vù se cruzó en su mente: “¡papá, no!”… se le escapó de la boca. No sabía por qué le salieron esas palabras y de repente, un disparo. Su padre estaba de pie en el hall de su casa, frente al cuerpo de su madre y ella misma, tendidos boca abajo en el suelo. 
Si hubiera sido una niña normal habría gritado pero su educación le había enseñado a no mostrar los sentimientos. Incluso se alegró de no haber soltado ni una lágrima por su madre, así le enseñó su padre.
Y como un mal sueño, se despertó en la realidad. Se encontraba de pie, mirando aquel trozo de tarta mientras, a su espalda, su padre empezaba su discurso “A menudo celebramos los cumpleaños con una fiesta (…)”.

Estaba orgullosa de su padre, había conseguido lo que quería y parecía que la sociedad le admiraba por ello y por eso no cogió ese último trozo, para demostrarle a su padre que ella también podía llegar a ser como él, llegar a ser una eminencia para la sociedad. Al fin y al cabo, guardar las apariencias, era lo más importante en este mundo.

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